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She likes to be my bittersweet love #Candy

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She likes to be my bittersweet love #Candy

Mensaje por Caleb J. Shultz el Lun Jun 17, 2013 5:51 pm

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez. Imposible. No podía dormir. Ese maldito campamento le había causado insomnio. No era el calor, no, estaba acostumbrado a eso. Es decir, vivía en California por el amor de Dios, el calor era cosa de todos los días. Pero allí no había brisa veraniega que lo refrescara, o tal vez eran las mil y un Red Bulls que se había tomado ese día, mezcladas con el azúcar paquetes de Skittles que se había comido. Era adicto a esas malditas pastillas e iba en camino a hacerse adicto a hacerse adicto a las Red Bull. Necesitaba incentivos para ser más deshinibido y no podía pasar el día borracho, pero tanta azúcar comenzaba a afectar su organismo. A veces se preguntaba cómo no tenía una enorme barriga colgándole, le agradecía a la natación su vida. Era el mejor deporte del mundo. Cuando estaba en el agua se sentía como un pez, como si perteneciera allí, como si ese fuera su lugar y nadie pudiese quitárselo. La natación era su pasión, junto con la música. Todavía esperaba el día en el que inventaran una guitarra a prueba de agua. Bah, ¿para qué esperar? La construiría él mismo. Si Jack White había construido una guitarra sin conocimiento alguno, él podía hacerlo. Se haría millonario y se vengaría de todos los que se habían burlado de él. Al menos nunca le habían faltado el respeto en los shows de talento, esa era una buena señal, una señal de que tenía talento, ¿verdad? Había ganado unos cuantos en la secundaria. Ya lo imaginaba, sería contratado por Gibson y pasaría el día en una piscina tocando la guitarra, cantando y nadando. La vida ideal. O mejor, empoezaría su propia marca de guitarras, la llamaría "The Great Burrito". Era un nombre original y de seguro a los de Bowling For Soup les encantaría, serían sus primeros clientes. 

Sus compañeros roncaban tranquilamente, en el séptimo sueño. Se preguntaba cómo hacían para estar en tanta paz. Él, por lo general, compartía esa paz, pero había escuchado rumores de que la señorita Moore, a.k.a. la perra más grande que había conocido y el amor de su vida había llegado a los recintos del campamento y eso le ponía los nervios de punta. Nunca imaginó encontrarla allí, y tal vez no la encontraría, si tenia suerte. Pero dudaba que su suerte fuera esa, cuando parecía que una nube negra lo seguía desde que había puesto un pie en la secundaria Lincoln. De pronto, deseos de llorar invadieron su ser. Nunca se sintió menos hombre por llorar, era una forma sana de desahogarse, y no le daba verguenza hacerlo. Se tapó con la sábana, la única que utilizaba, hasta la cabeza y dejó que un par de lágrimas se deslizaran por su mejilla. No quería verla, bueno, una parte de él no quería hacerlo. La otra parte de él moría de ganas por ver esas curvas nuevamente moverse al vaivén de su caminar de princesa, altanero y egocéntrico. Y no, jamás había sido superficial. Cuando Sheeba le preguntaba qué era lo que veía en Candy, él sólo le respondía que veía potencial. Porque tal vez, solo tal vez, si lograba sacarla de su ambiente natural -porristas, equipo de fúitbol, idiotas en general-, ella podía ser otra mujer. Y no, no se trataba de que la queria porque quería cambiarla. Simplemente estaba embelezado por esas veces en las que ella había sido dulce con él, las veces en las que le había tomado la mano debajo de la mesa en la clase de química, o aquella vez que le había dicho que lo quería en las gradas. Claro, luego todo el equipo de fútbol se había reído de él, pero no importaba, porque sabía que una parte de ella era sincera, y era esa parte la que lo había enamorado.

Luego de derramar esas pequeñas lágrimas y temblar por la cantidad de azúcar en su organismo, se dio cuenta que era obvio que no dormiría esa noche. Pensó en quedarse en la cama, torturándose con recuerdos de Candy, y de cómo le había roto el corazón a Sheeba. Jamás habían dicho nada al respecto, pero ambos sabían bien lo que pasaba entre lo que pasaba entre los dos. Sheeba siempre había estado enamorada de él, pero él estaba demasiado hipnotizado por la morocha popular que lo manejaba como si fuera una marioneta. Deseó haberse fijado en Sheeba alguna vez, deseó haber tenido sentimientos por su mejor amiga como ella los tenía por él, pero simplemente no sucedió y era una verdadera lástima, porque todos aseguraban que eran el uno para el otro. Pero para Caleb, sólo habia una.

Se destapó y se sentó en la cama, limpiándose las lágrimas, y pensó en qué podía hacer. Podía visitar la cocina y buscar más Red Bull, pero pensándolo bien, no era una buena idea. No quería caer muerto en medio del día y perderse de las actividades. Caleb era un miembro muy activo en el campamento, eso nadie lo negaba. Estaba aquí y allá todo el tiempo, haciendo cosas, hablando con gente, tratando de superar su timidez, participando en los clubs, tratando de aprovechar al máximno su experiencia en el campamento. Le encantaba el lugar. Recordó que había una laguna hermosa que aún no había tenido el tiempo de aprovechar y decidió que ese sería su destino. Se levantó, en bóxers como solía dormir y ni siquiera se molestó en vestirse, planeaba mojarse así que. ¿para qué vestirse? Caminó tranquilamente hacia la laguna, descalzo, sintiendo la grava bajo sus pies con una pequeña sonrisa dibujada en los labios. Al llegar a la laguna, quedó pasmado ante lo que vio. Un hermoso lago iluminado tan sólo por la luz de la luna, con el agua calma y rodeada de bellos pastos. No podía ser más perfecto. No lo pensó dos veces y, de una corrida, saltó al agua. Estaba templada, a una temperatura perfecta. Nadó un poco y luego quedó como plancha, flotando en el agua como si fuera una flor de loto. Suspiró, eso sí que era relajante.


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Caleb J. Shultz
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